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Lo que Justo construye desde 1961 no es una meta personal ni una muestra de superación. Justo no es ningún líder. Ir a su catedral no os va a ayudar a empoderaros ni a salir de vuestra zona de confort. Todo eso -afortunadamente- a Justo le da igual. La catedral de Justo no es ningún proyecto de emprendimiento joven ni viejo. No ganará el premio a la mejor startup. Es una arruga en la sábana del gran capital. Es una obra maestra que se construye a sí misma a través de sus manos que no está pensada más que para tejer comunidad a su alrededor. Así se financia y así se experimenta desde dentro, desde el momento en el que atraviesas sus portones abiertos de par en par. Varios millones de ladrillos desechados por una fábrica local aprovechados para construir este templo. Varias toneladas de basura convertidas en bóvedas, decoraciones, arcos y escaleras. La catedral de la basura es un templo al sosiego y a desimportarse, a hacer las cosas porque sí o porque no. Se erige en honor a subvertir desde lo pacífico y a dar ejemplo con dignísima terquedad. Es una anomalía desde los cimientos hasta la cúpula central, el relato de nuestros siempre escasos recursos frente a la irrefutable perspectiva de ser devorado por los ritmos y las velocidades impuestas. Es el testimonio silente de todo lo que podría ser y no es. Qué insoportable belleza reside en, como Justo, intentar abarcar muy, muy poquito; pero con el intachable marchamo de la honradez. http://bit.ly/2Sz8hhI

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